¿Qué es el «Liberalismo Pragmático» y por qué España lo necesita?

Recuerdo que en una clase de electrónica, charlando con un profesor sobre la pureza de los materiales y, por consiguiente, la calidad de los componentes electrónicos, nos explicó algo que en ese momento no valoré, pero hoy me sirve para entender el problema actual que tenemos en la política. Dijo que, en teoría, se pueden eliminar casi todas las impurezas si los materiales se elevan a temperaturas absurdamente altas. La termodinámica lo permite: si se le da la energía suficiente, los átomos se reordenan, lo indeseado se volatiliza hasta provocar una especie de reinicio estructural. Pero en la práctica nadie hace eso: es muy caro, lento y, por lo tanto, impracticable.

Sin darme cuenta en ese momento, entendí algo que después vería repetido, una y otra vez, en debates sobre la libertad (generalmente online). En teoría, la pureza perfecta es posible; en la realidad no. Hayek lo decía sin rodeos: “El conocimiento que guía la acción social nunca está dado por entero a una sola mente” y menos aún, el hecho de querer controlar las mentes desde un plano teórico únicamente. La realidad exige soluciones funcionales, no ideales perfectos.

Aun así, muchas personas se paralizan cuando un liberal o libertario menciona la palabra “política”. Esto no solo no es racional, sino que tampoco viene de nuestra tradición. Es un miedo cultural que se nos ha pegado, como si participar en la vida pública fuera sinónimo de corrupción. Ese sentimiento no proviene ni de Mises ni de Bastiat ni de Rothbard. Es más bien el resultado de décadas de enseñar que “la política es sucia”, cosa que, a los políticos de siempre (a los estatistas profesionales) les vino como anillo al dedo. ¿Qué mejor que convencer a quienes podrían desafiarte de que participar es malo? Lord Acton decía: “El poder tiende a corromper”, pero olvidamos la segunda parte: “y debe ser vigilado”. Y la pregunta cae sola: ¿Quién lo vigila si todos nos retiramos?

Nuestra tradición liberal siempre entendió que la libertad no se defiende sola. Montesquieu lo dejó claro en sus escritos: «el poder necesita límites». Tocqueville explicó que la libertad nace en la vida local y que la asociación cívica educa más que cualquier tratado teórico. Incluso Mill advirtió que una sociedad sin ciudadanos activos termina entregando su voluntad “al despotismo suave” del Estado. Bastiat y Paine escribieron para despertar a la gente, no para que se quedara en casa leyendo; y Hazlitt pasó su vida explicando políticas públicas para que el ciudadano común pudiera ver “los efectos invisibles” que los gobernantes ocultan.

Y sin embargo, hoy muchos creen que la política es un territorio prohibido para quienes creen en la libertad. Como si lo único que tuviéramos que hacer es mirar desde la grada mientras otros deciden por nosotros. Mises lo advirtió con brutal claridad: «El liberal sabe que si renuncia a la lucha política, deja el campo libre a los adversarios de la libertad». La política es un juego de suma cero, o participas u otro lo hará por ti.

Esa, podemos decir, que es la raíz del problema, pero no debemos ir más al fondo. En España, la defensa de la libertad choca una y otra vez con tres perfiles que la frenan sin darse cuenta.

El primero es el purista académico o de salón que reduce la visión de la libertad a un examen teórico (definido por su propio liberómetro). Para él, todo debe encajar en un ideal «perfecto». La realidad, con sus costos, ritmos y límites humanos, es “impura”. Cuando uno le muestra que los propios autores que admira (como Hayek, Rothbard, Nozick y otros tantos) defendían la participación activa, simplemente se queda sin respuesta o responde sin lógica alguna. No le falla el intelecto; le falta roce con el mundo real que nos rodea a todos.

El segundo es el librecambista, el liberalismo reduccionista, el que convierte el liberalismo en una sola dimensión: la económica. Sartori criticó esta visión hace décadas, cuando dijo que confundir la libertad con el mercado es prácticamente “una amputación conceptual”. Hayek mismo indicaba «La libertad individual descansa en una variedad de libertades diferentes, ninguna de las cuales puede sostenerse en ausencia de las otras.» Pero el librecambista parece vivir en un mundo donde solo existe el homo economicus y donde todas las otras libertades son meros adornos rudimentarios. Repite con orgullo “con libre mercado basta”, pero ignora que sin libertad de expresión, sin limitación del poder, sin justicia independiente, la libertad de mercado se vuelve una mera ficción.

Y el tercero, el que a mi criterio considero el más dañino, es el inconsistente, el oportunista que habla de libertad cuando le conviene, pero defiende aranceles, subsidios o proteccionismos cuando tocan sus intereses. Rothbard describía a esta gente con precisión quirúrgica. No buscan libertad; velan por su individualidad egoísta. Son los que confunden al público, los que empañan el movimiento, los que lo hacen parecer el club de la incoherencia. A veces lo hacen por ignorancia, como decía Hayek; otras, por pura deshonestidad.

En Liberalismo

“El liberalismo no tiene otro medio para influir en la conducta de los gobiernos que la opinión pública […] si los liberales no toman parte activa en la vida política, su programa carecerá de influencia.”

En La Acción Humana

“Si los amigos de la libertad no se esfuerzan en defenderla, el enemigo la destruirá.”

«El liberal sabe que si renuncia a la lucha política, deja el campo libre a los adversarios de la libertad.»

Ludwig von Mises

Frente a todo esto, la propuesta, que hemos titulado «Liberalismo Pragmático», no pretende inventar nada nuevo, sino recuperar la raíz original de nuestra tradición (la política), podemos decir que esto es Liberalismo a secas o Liberalismo con conciencia diría un amigo, la que une principios firmes con acción estratégica a plazos. Esta no desprecia pero tampoco se obsesiona con lo perfecto de lo teórico, justamente entiende su lugar. Todas las sociedades cambian despacio, evidentemente la gente tiene miedos y por ello no es posible demoler de golpe las certezas de un día para otro. Gramsci, en su día, lo entendió para su causa e hizo un gran trabajo solo falta verlo; Hayek lo entendió para la nuestra, pero muchos siguen resistiéndose a entenderlas aunque el concepto es muy simple:

las ideas cambian el mundo, pero solo si encuentran instituciones que puedan sostenerlas.

El Liberalismo, que proponemos, parte de cuatro convicciones básicas.

La primera: Aceptar a todos los que quieren hacer avanzar la libertad, sean liberales clásicos, libertarios (minarquistas o anarcocapitalistas), voluntaristas o utilitaristas de reglas. No importa dónde esté cada uno en el mapa; importa hacia dónde quiere ir. La libertad no se defiende desde sectas identitarias, sino desde coaliciones amplias. Es pragmático en su amplitud participativa.

La segunda: hay que saber dónde estamos parados. España es un país que lleva décadas acostumbrado al estatismo. La gente no puede pasar de golpe del Estado paternalista al individuo soberano. Como diría Tocqueville, “Los pueblos no pasan de la servidumbre a la libertad sin aprender primero a servirse de ella«. Tenemos que construir experiencias nuevas, paso a paso. Es pragmático por su praxis.

La tercera: la batalla cultural no se da solo fuera del Estado. Hazlitt lo sabía, Rothbard lo sabía, Tocqueville lo sabía. El Estado moderno, a diferencia de la idea de Estado mínimo del liberalismo clásico, es un actor cultural. Educa, moldea, interviene, condiciona. Ignorar ese terreno es entregarlo al colectivismo adoctrinante. Hay que limitar el poder también desde dentro, no solo desde la crítica externa, ya que si no nunca lograremos desarmar la maquinaria de propaganda estatal. Es pragmático en su estrategia.

La cuarta: los medios importan tanto como los fines (esto se remonta a Kant y lo replica Mises). Una estrategia que traiciona los principios destruye lo que intenta construir. No todo vale. La coherencia es el único camino que produce libertad real. Es, además de pragmático, consistente con sus objetivos.

A esta altura, no hace falta recordar que el proyecto que encarna esta visión es el nuestro, LIBRES.

Para llegar a una sociedad más libre se requieren etapas, paciencia y mucha estrategia. Por lo que, quedarse encerrado en la teoría esperando la “pureza perfecta” es como pretender purificar un material con la temperatura del sol cuando lo único que tenemos en la mano es un encendedor de bolsillo. La perfección existe en los manuales, y no les quito mérito; pero en el mundo real, solamente avanza quien se pone manos a la obra.

Concluyo: el Liberalismo Pragmático no renuncia a los ideales, sino que los aterriza. Los vuelve caminables. Nos recuerda que, si de verdad queremos transformar algo, no basta con hablar de libertad; debemos construir las condiciones para que exista. Porque lo perfecto puede servir de brújula, pero lo posible es lo que finalmente mueve este mundo.

Y llegados a este punto, solo queda preguntarte, querido o querida lector:

¿Quieres cambiar la realidad o solo hablar de ella?
 

Autor

  • Maximiliano de Gyldenfeldt

    Es Promotor Coordinador Responsable de LIBRES, Argentino-Polaco, Técnico Electrónico con orientación Telco y Robótica, Informático, Consultor SQA Engineer Automation Sr, Promotor del Proyecto Liberales, Comunero y Directivo del Partido Libertario de CABA (2018-2019).

    Una vez fui Marxista, luego Anarco-comunista (Admirador de Majnov) y hoy abrazo fuertemente las ideas la libertad.

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