A veces, para entender dónde se rompe un país, hay que mirar dónde deja de funcionar la vida cotidiana. No hace falta un gran tratado: basta con pensar en cómo cambia tu relación con algo cuando deja de estar cerca. Un bar de barrio donde te conocen por tu nombre no es lo mismo que una cadena anónima; un maestro al que ves cada día no es lo mismo que un formulario online; un ayuntamiento que te escucha no es lo mismo que una consejería autonómica que ni sabe dónde queda tu pueblo. La distancia, cuando aparece, lo cambia todo.
Eso lo entendieron muy bien los suizos antes de tener un Estado federal. Antes de las cámaras, los ministerios y las grandes instituciones, ya existía una red viva de comunas: pequeñas comunidades donde los vecinos se juntaban, discutían, negociaban y decidían sobre su vida común. No era un ritual extraordinario; era simplemente la forma normal de participar. La democracia, para ellos, no era un sistema: era un hábito. Por eso, cuando uno visita Suiza, nota enseguida que las decisiones no bajan por una pirámide; suben desde la base.
Pero incluso allí, en el país que todo el mundo usa como ejemplo de democracia sólida, hoy en día existen tensiones. Los cantones y el nivel federal comenzaron a imponer estándares, normas y competencias que las comunas debían asumir sin los recursos necesarios. Se justificó en nombre de la eficiencia, de la homogeneidad, de la modernización. Y también aparecieron las famosas fusiones de municipios, vendidas como una gran oportunidad de ahorro. La experiencia real mostró algo distinto: el ahorro era marginal y la distancia entre el ciudadano y su propia comunidad se ensanchaba. Cuando la unidad política se hace muy grande, la gente deja de sentir que lo que pasa es suyo. Y cuando eso pasa, la democracia pierde pulso.
El historiador suizo Adolf Gasser explicó este conflicto de una forma que hoy parece escrita para España. Decía que toda sociedad política puede construirse de dos maneras:
la construcción desde arriba, donde el Estado organiza y los ciudadanos obedecen; y la construcción desde abajo, donde las comunidades locales se autoorganizan, se coordinan y forman estructuras mayores libremente. La primera tiende al centralismo; la segunda, al federalismo auténtico. En la primera, la política se convierte en una torre lejana; en la segunda, en un ejercicio de responsabilidad compartida. Gasser no hablaba de “menos Estado” o “más Estado”, sino de algo más profundo: de dónde nace la libertad política. Y lo que él decía es que nace abajo, en la vida local, en esos lugares donde la gente se mira a la cara, participa, propone, crítica y decide. La comunas suizas no solo resolvieron tareas administrativas: crearon ciudadanos. Sin esa base cultural, Suiza nunca habría sido Suiza.
Esta visión fue desarrollada también por el liberal suizo Robert Nef, uno de los grandes defensores contemporáneos del federalismo competitivo. Nef insiste en que el federalismo suizo no es simplemente un reparto de competencias, sino una cultura donde la responsabilidad debe estar lo más cerca posible del ciudadano. Para él, las comunidades pequeñas no son un obstáculo para la modernización, sino su garantía: “cuanto menor es la unidad política, mayor es la posibilidad de corregir errores y de cambiar de rumbo sin destruirlo todo”. Nef advierte que los países que solo descentralizan administraciones, pero no decisiones reales, crean un federalismo vacío: estructuras que parecen autónomas, pero que dependen completamente del nivel superior. Eso es lo que él llama “centralismo disfrazado”. Su defensa de la competencia institucional es que los municipios y cantones puedan diferenciarse, experimentar y aprender unos de otros, es justamente lo que mantiene viva la democracia suiza y evita que el poder se estanque arriba, lejos de la gente.
España, aunque es un país distinto, entiende intuitivamente este fenómeno. El ciudadano medio tal vez no sepa cómo funciona el sistema helvético, pero sí siente que la política está cada vez más lejos. Que las decisiones importantes vienen de Madrid o de la comunidad autónoma. Que los ayuntamientos, en vez de ser gobiernos de proximidad, se han convertido en oficinas ejecutoras de instrucciones ajenas. Competencias que llegan sin financiación, obligaciones que se acumulan, normativas que no contemplan la realidad municipal. España se define como un Estado descentralizado, pero el municipio sigue siendo el nivel más débil. Y, sin embargo, es justamente allí en los pueblos, en las ciudades medianas, en los barrios; donde encontramos la política más auténtica. Donde la gente realmente conoce a quien gobierna. Donde podés ver si las cosas se hacen o no se hacen. Donde la identidad no es un discurso, sino una vida compartida.
Cuando esos espacios pierden decisión, lo que se debilita no es un trámite: es el primer escalón de la democracia. Es el lugar donde un ciudadano aprende a participar antes de preocuparse por “la política grande”.


La lección suiza no consiste en copiar sus mecanismos institucionales. Consiste en recuperar algo que España tuvo en otros tiempos y luego olvidó: la idea simple de que cuanto más cerca esté la decisión del ciudadano, más robusta es la democracia. Eso se traduce en cambios posibles y muy concretos:
- Que ninguna administración pueda imponer competencias sin poner el dinero para cumplirla
- Que los municipios puedan coordinarse y defenderse juntos cuando una norma superior los perjudica;
- Que exista un verdadero equilibrio federal donde cada nivel de gobierno respete la autonomía del inferior.
Esto no es una reivindicación técnica; es una defensa de la libertad. Porque donde desaparece la autonomía local, aparece el ciudadano espectador. Y donde desaparece el ciudadano actor, aparece el centralismo, da igual el color del gobierno.
España necesita reconstruir de abajo hacia arriba. Necesita municipios fuertes, responsables y libres. Necesita devolver al vecino la sensación de que lo común le pertenece y no es una orden que viene de lejos. Necesita una democracia que respire, no una que solo se administra. La política no se regenera en los despachos de arriba, sino en las calles de abajo. Los suizos no lo descubrieron por accidente: lo construyeron durante siglos. La pregunta es si nosotros estamos dispuestos a hacer lo mismo. Porque sin comunidades pequeñas libres, ningún país puede ser verdaderamente libre. Y si queremos una España donde la democracia vuelva a ser algo vivo, tendremos que empezar donde empieza siempre todo lo que vale la pena: cerca de la gente.

